Cuando el poder desapareció
Diez países que actuaban como la potencia dominante de su región —Estados Unidos, Guatemala, Cuba, Brasil, Alemania, Sudáfrica, la República Democrática del Congo, Arabia Saudita, Kazajistán e India— pierden su gobierno central el mismo instante. Sus fuerzas armadas, cuerpos de policía, gobiernos locales y población civil continúan existiendo, pero cada uno debe decidir por su cuenta cómo actuar ante la ausencia de una autoridad nacional. En el resto del mundo, gobiernos vecinos observan con distintos grados de interés, cautela u oportunismo, mientras los mercados internacionales y los flujos de personas empiezan a reaccionar a la noticia. No existe un plan preestablecido de sucesión ni un bando correcto: cada país afectado, y cada país que lo rodea, decide su propio camino.
El 1 de enero de 2026, a mediodía, los gobiernos centrales de diez países que dominaban cada gran región del mundo colapsan de forma simultánea. No hay explicación sobrenatural ni catástrofe física: sus instituciones y liderazgo dejan simplemente de operar. Ejércitos, policías y poblaciones civiles permanecen intactos, pero sin nadie al mando desde arriba, mientras el resto del mundo sigue funcionando con normalidad.
Sin gobierno central, las órdenes militares solo se cumplen si el comandante que las emite conserva suficiente lealtad e influencia sobre sus propias tropas; en caso contrario, las unidades actúan por iniciativa propia. Ningún país, colapsado o no, está sujeto a un guion fijo sobre cómo debe responder al vacío de poder: cada actor decide libremente si intervenir, replegarse, negociar o aprovechar la situación.