Siete bloques, cero disparos directos, y un planeta entero como tablero de espionaje.
Norteamérica y el espacio postsoviético se han reorganizado en confederaciones de mando único que concentran el poder en un solo líder. Europa ha respondido integrando a sus veintisiete miembros en una confederación de gobierno colegiado que se presenta como mediadora y crece atrayendo diplomáticamente a nuevos países. Centroamérica ha unido sus economías bajo un consejo tecnocorporativista volcado al comercio y la innovación, y se ha expandido incorporando a Cuba, Haití, República Dominicana y Jamaica. Asia oriental gira en torno a una confederación autoritaria de gran capacidad productiva, que ha sumado también a Mongolia y sus recursos minerales. El golfo Pérsico se ha organizado en una alianza petrolera (Arabia Saudí, Irak, Kuwait, Yemen, Emiratos Árabes Unidos y Catar) centrada en maximizar sus ingresos por hidrocarburos, y el norte de África ha formado una confederación que defiende sus materias primas y media en los conflictos del continente, ampliada ahora con Nigeria, Túnez, la República Centroafricana y la República Democrática del Congo. El resto del planeta permanece no alineado: cada país conserva su propio nombre, gobierno y territorio, y cada bloque financia partidos, medios y redes de influencia para inclinar a su favor a estos países sin llegar a controlar aún su territorio.
El 1 de enero de 2030, el mundo lleva meses fracturado en siete bloques rivales que se disputan territorio, tecnología y lealtades sin cruzar la línea del enfrentamiento militar abierto. La tensión máxima actual arranca de un incidente fronterizo ocurrido semanas antes en la península de Corea: una escaramuza entre patrullas cerca de Panmunjom estuvo a punto de escalar a un enfrentamiento directo entre la Confederación Asiática y las fuerzas no alineadas de Corea del Sur y Japón, y desde entonces la propaganda, el espionaje y la carrera armamentística marcan cada jornada mientras decenas de países no alineados deciden a qué causa sumarse.
Ningún bloque puede ordenar un ataque militar directo contra el territorio de otro bloque sin que ese acto se considere un colapso irreversible hacia la guerra abierta; el roce de Panmunjom de finales de 2029 estuvo a un paso de cruzar esa línea y ha dejado el riesgo de escalada nuclear más alto de lo habitual. El empleo de un arma nuclear no termina la partida automáticamente: desencadena un contraataque inmediato del bloque agredido y sus aliados, y somete al bloque agresor a la presión diplomática, económica y militar simultánea del resto de bloques, disparando el riesgo de escalada nuclear y hundiendo el apoyo público al conflicto en todo el mundo. Un bloque de mando único (Confederación Norteamericana, Postsoviética o Asiática) puede expandirse y reorganizarse con libertad total bajo la decisión de su líder, siempre que conserve la lealtad de su propio aparato interno. Un bloque de gobierno colegiado (Europea, Centroamericana, Árabe Petrolera o Africana) solo crece convenciendo diplomáticamente a un país no alineado, y su consejo interno puede bloquear cualquier decisión de quien lo dirija si no le resulta favorable. Los magnates tecnológicos conservan sus recursos y protección solo mientras mantienen buenas relaciones con el bloque de origen.